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Apuntes

Adictos a los recuerdos.

Tremblement de Terre très doux sous mes pieds, 2017.  Andrews Wax y Luis Lamadrid.

 

Si no lo recordamos, el mundo deja de existir.

"La física cuántica, necesita una acción fantasmagorica a distancia", Einstein.

Existe en la sustancia una Conciencia Colectiva que alumbra y taladra nuestras miserias y también nuestros más grandes logros. En cualquier momento, un transcendente descubrimiento cuántico, hará temblar nuestra percepción de la Realidad. Una Gran Colisión entre la Mente y el Espíritu, entre la Materia y la pura Energía" (Andrews wax, proyecto Into The Machina).

 

[ 13 diciembre 2017 ]


Ansiedad: Into The Machina.

Into The Machina. 20/07/17.  Andrews Wax, con Jay Tardido, Diego Montana, J. Charles Stone (Orquesta Rumore)

 

Experiencia fascinante sumergirse en el espacio sonoro multidimensional de Into The Machina. Multidimensional: la escucha atenta se escinde en distintos eventos simultáneos, ligeramente asincrónicos. Una suave ansiedad, leve, pero constante, activa nuestra percepción y la dispara. Enviroment sonoro con multitud de matices, un poco despalzados, sin perder la unidad: en el límite, en la fuga. Ectoplasma en el que se armonizan elementos contrarios: lo que es propio y lo ajeno, lo espiritual y la materia, asonancias y disonancias, armonías e interferencias, paisajes simbólicos y diabólicos, lo original y la copia, la lealtad y la traición, la guerra, la calma, el esfuerzo, lo fácil, la opresión, oriente y occidente, Ghandi, Steve Reich, Françoise Bayle... El sonido como origen: Somos ruido. Y la sensación de que tras nuestra escucha el sonido persiste.

 

[ 27 noviembre 2017 ]


Utopía: ningún lugar a donde ir.

NINGÚN LUGAR (La Orquestina de Pigmeos, 2017). Naves del Matadero, 21/09/ 2017.

 

Qué diferente es ver una performance en un teatro grande, en una sala pequeña o en un lugar cualquiera. NINGÚN LUGAR se estrenó en la Nave 11, en las Naves del Matadero de Madrid. Un espacio moderno, impresionante, grandioso: el gran teatro municipal.

 

Un grupo de mujeres rumanas fuman y charlan alrededor de una mesa. Poco a poco van colocando objetos en el escenario. Es basura y chatarra, pero extendidas sobre el elegante espacio de El Matadero resultan objetos singulares cuidadosamente dispuestos en el suelo. Frases sueltas de los diarios de Jonas Mekas proyectadas en una pantalla dan inspiración poética. Una proyección vertical gigante con imágenes de la vida cotidiana de las mujeres nos habla de pobreza, de acumulación de personas y cosas en el espacio reducido de las viviendas –nada que ver con el elegante y artístico espacio teatral–; pero también de comunidad, de vitalidad, de un modo de vida sencillo, compartido, anti-burgués.

 

En escena se habla, se fuma, se canta, se cocina, se come, la vida transcurre. La energía vital se transmite y al mismo tiempo el simbolismo artístico lo engloba todo, disfrutamos de su estética. Todo se desarrolla con una desenvoltura sorprendente. Ver a una de las mujeres manejar la cámara del móvil, sacando detalles de la acción que son proyectadas en directo sobre la pantalla gigante, es fascinante, qué sensibilidad, qué bien lo hace!

 

Al mismo tiempo, un músico colombiano (Julián Mayorga) nos habla de música, de la vida y de otras muchas cosas, mientras improvisa una original electro-cumbia-noise.

 

La emoción estética alcanza su punto culminante cuando se abre a la calle el fondo del escenario y aparece una furgoneta atravesando una cortina de efecto de nieve. Aquí se revela el plan general, la acción como forma de arte: las mujeres rumanas traen chatarra sobre el espacio simbólico de un teatro público, la esparcen por el escenario, cantan, hablan de sus problemas inmigración, la vida desborda el arte; luego, tras la comida, que preparan y comen en escena, cargan la furgoneta y desaparecen dejando el escenario tan vacío como lo encontraron al llegar. Los objetos desperdigados vuelven así a su condición de chatarra y las mujeres a sus vidas reales.

 

Tras abandonar el espacio, irrumpen los aplausos. Saludan. Volvemos a traer a los artistas con nuestros aplausos. Parte del público abandona la sala y las mujeres vuelven con unos instrumentos: contrabajo, violín, una especie de cítara y guitarra. Todos esperamos, para terminar, escuchar la música, el cliché se activa: son rumanas, seguro que saben tocar muy bién, como los músicos callejeros, alegres, divertidos, llenos de energía. Pero no, algo sucede, lo inesperado ocurre (el happening): apenas saben sostener los intrumentos, los aporrean como pueden, cantan con toda su alma, con desgarro, pero no saben tocar. Surge la realidad de la precaria situación vital. No son artistas, son mujeres emigrantes sin instrución, socialmente muy vulnerables. La fragilidad humana entra en escena, cesan los aplausos. Acabada la canción, vuelven los aplausos pero, esta vez, algo más tristes.

 

[ 26 septiembre 2017 ]